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EL EDÉN RECUPERADO DE LUCIO KANSUET
Un viaje de vuelta a la semilla

La obra de Lucio Kansuet rescata para nosotros los encantos del séptimo día, cuando un mundo prístino y puro fue transferido a manos humanas. Revive aquella extraña y siempre presente sed de inocencia y de añoranza por un paraíso terreno, inmaculado y entrañable, común a la mayor parte de las culturas, y que se hace patente, para el mundo occidental, en el bíblico relato del Edén perdido en la mítica edad de oro de las tradiciones griegas. Más que de un lugar geográfico específico, la memoria colectiva de la especie parece tener reminiscencias de un estado de gracia en el que la relación con la naturaleza estaba imbuida de equilibrio, respeto y armonía. Para nosotros, los desterrados hijos de Eva, productos del asfalto y el acero, la relación con los entornos naturales no puede experimentarse más que como distancia, anhelo y utopía. Por eso, los cuadros de Kansuet nos revelan una dimensión emocional y existencial poco común: Kansuet no ha abandonado el paraíso; Kansuet vive en él.

En sus cuadros es evidente la profunda veneración que siente por la naturaleza y por ese aspecto edénico en relación con lo telúrico que aún permanece vivo en los cantos legendarios de su pueblo, transmitidos por los abuelos de su raza que hablan de la fraternidad original de nuestra especie con las bestias y las plantas, y que contrasta tan vivamente con el despótico señorío sobre la naturaleza típico de nuestras modernas sociedades. Los mecanismos de una memoria ancestral heredada permiten que Lucio Kansuet pueda recurrir, sin imposturas, a la fuente de esa relación simbiótica con la tierra que parece ser un ideal de vida aun en esta era postmoderna tan escéptica, que parte del supuesto de que las grandes utopías son imposibles.

En el conjunto de su joven obra puede apreciarse la constante de un arsenal simbólico que siempre le acompaña, aunque carezca de un fabulario, pues su propósito no es narrar historias sino hacer visible una condición. Ex profeso, el pintor ha procurado introducir elementos, ya sean explícitos u ocultos, que tengan algún significado en la cultura Kuna y, aunque el proceso de selección de estos elementos es bastante intuitivo, de ninguna manera su obra resulta críptica u obscura para observadores pertenecientes a otras colectividades. Por el contrario, logra comunicarse con el espectador apelando a convenciones muy humanas que sobrepasan cualquier clave mítica que por su especificidad, pudiera correr el peligro de ser excluyente. De esta manera, la semilla como metáfora de vida y la niñez como estado de perfección forman el eje en torno al cual giran los entresijos de su obra.

El cachorro humano, aparece así, protegido dentro de capullos o vainas, semillas, hojarascas, huevos o frutos, representando, con este envoltorio natural, la relación de interdependencia con respecto a nuestro ambiente. En anteriores exposiciones los niños que aparecen en los cuadros han estado dormidos, pero precisamente en esta muestra sus ojos comienzan a abrirse y aun acostados, miran al espectador con mirada tranquila y serena, a veces, ligeramente interrogante. Otros niños ya han sido puestos en pie, incorporándose a la vigilia con ojos muy abiertos para quizá jamás cerrarlos. Todavía en estas últimas imágenes predomina una sensación de ensueño, que produce en quien las mira la impresión de ser un ente más liviano, menos corpóreo, como si al contacto de las miradas simuladas en la tela nos desvaneciéramos como sueños o hubiéramos sido vaciados de las cargas de nuestra habitual cotidianidad. Y es que la expresión de estos personajes ensimismados se rebela contra cualquier contemplación superficial, y sus ojos despiertos y brillantes se convierten en un reclamo para el observador.

A nivel formal, Kansuet es un virtuoso. En sus cuadros puede apreciarse su increíble manejo de la luz y su habilidad como colorista con una paleta de pieles cobrizas en contraste con las frescas tonalidades de sus fondos, y un trabajo muy limpio a base de veladuras, capas delgadas de óleo en pinceladas casi indetectables. Inscrito en un sólido marco compositivo, su maestría en el dibujo y delineado de la figura humana, fundamentado en una técnica depurada, es una viva muestra de esas destrezas que en los circuitos artísticos contemporáneos, más inclinados a favorecer un quehacer creativo tendiente a lo conceptual, se han ido perdiendo en el transcurso de unas pocas décadas.

Con todo y su manejo excepcional de la composición y la figura humana desde una tradición totalmente clásica, la orientación de su obra nos podrá sorprender en un futuro. En estos momentos, su trabajo se encuentra en un interesante estadio de transición que preludia una búsqueda de lo universal, alejándose de localismos identificables. A lo largo de su producción, los motivos en los fondos de sus cuadros han ido cambiando lenta pero inexorablemente. Antes, entornos de abigarradas selvas tropicales, siempre reconocibles aunque con un aura de naturaleza culta, imperaban como fondo y protagonista. Ha sido una constante que ha ido cediendo paso a fondos y ambientes más abstractos. Hay una depuración, una simplificación que no significa el abandono de su alianza con natura, sino que es el resultado de una aspiración a sobrepasar, desde un punto de vista fenomenológico, los límites de la realidad sensible para materializar lo que escapa a nuestra percepción ordinaria.

Y lo que escapa a nuestra percepción ordinaria es la condición humana que es dolorosa y compleja. Para Lucio Kansuet, el ser humano es naturaleza y artificio; naturaleza, puesto que su origen físico, biológico, así lo atestigua; venimos de la tierra, nacemos en ella. Artificio, pues su tragedia es la autoconsciencia de si mismo como un ente modificable, en cierto modo ajeno a natura, pues no está supeditado exclusivamente a sus instintos como el resto de los seres animados que lo rodean, sino que puede, además, transfigurar sus circunstancias y agregar nuevos objetos a la realidad para bien o para mal. Cerrar la brecha de ese distanciamiento es parte de un esfuerzo metafísico del artista a lo largo de sus últimas elaboraciones. El producto de ese esfuerzo, una imagen ilusoria tan seductora que puede sustituir a la realidad con ventaja, no es de ningún modo una denuncia, sino un suave manifiesto a favor de una vuelta a la semilla, a un retorno a la tierra. Al final, la obra de Kansuet nos deja una promesa, una esperanza de recuperar la inocencia perdida, un callado llamado a la enmienda en nuestra relación con la naturaleza.

Gladys Turner B.
Panamá, abril de 2009
Del catálogo “Semillas al Viento”

Semillas al Viento

Del 21 de mayo al 21 de junio

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GUSTAVO ACOSTA:
Preguntas al espejo
Museo de Arte Contemporáneo de Panamá (MAC)
Junio 25 - Julio 30, 2009 (+info).